quinta-feira, novembro 11, 2004


Salomé / P. Schmutzler


La danza

I


En un chorro de fuente, el agua sacra
de la danza respira. Surto en la luz de oro,
el tallo de cristal lento se quiebra.
Y Salomé claudica y se demarca
en su piel de culebra.


Heleniza el ritmo de sus huesos
musicales. Disuelven sus rodillas
las plásticas de los besos
y las curvas de las arcillas.
La figura exquisita y magra,
un hidromiel de dioses en una copa fina
hace beber. Y el gesto es de Tanagra
y la copa, murrina.


Las alas que desdoblan vuelos flojos,
para la emoción de aires tranquilos
son motivos melódicos y puros
bajo el sortilegio de los ojos
que columpian cocuyos en berilios
trémulos e inseguros.


El ojo y la sonrisa, maestros de elocuencia,
relatan con rítmica ciencia
el episodio de la melodía.
Como en estío, los rosales
de la sonrisa están en flor,
frescos de aromas perentorios.


Diseña la mirada en su inquieto verdor,
Venecias ilusorias
praderas irreales
y esmeraldas que la luz irisa.
Unánimes, el ojo y la sonrisa
llevan el compás en sol mayor.


El pie, cordero, apenas trisca
la mandrágora verde que vierte,
desde la sensual cadera morisca,
el olor del amor y de la muerte.
Contrito el rey lúbrico, serena
la zarpa de sus tigres carniceros
y se esfuma la cabeza ensangrentada
de Juan, en el humo de los pebeteros.
La diosa de la danza amena
exige el sacrificio de una rosa cortada
por la mano de Atena.


Y la noche locamente rueda
por la cortina escarlata,
una luna derrumbada y oficiosa
que remolca un relámpago de plata,
e improvisa un tapiz de seda
para el deshojamiento de la rosa.


Las viejas melancolías
se van tras las alegres geometrías
a que ajusta las leyes de su danza.
Y como golondrinas tornan las ilusiones
a los polvosos rincones
donde encarnece la esperanza.



Rafael López
Obra poética

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